
No importaban tanto las palabras, eran ondas que no sabían más que desvanecerse. Un silencio podría haber tenido más sentido, algo que expresara una emoción más allá de cualquier alocución, en un lenguaje más explícito. Tampoco se manejaba mucho por debajo de la mesa, cuando lo cotidiano no adquiere tintes dicotómicos no es necesario hacer juicios que establezcan lo bueno y lo malo, y la verdad se convierte en una interrogante que no hace falta descubrir. Porque descubrir la verdad es en ocasiones una mera inocentada, puesto que hay miles de verdades, de tal forma que una mentira que nunca se sabe puede parecer verdadera, y una verdad que nunca se cree puede sonar a mentira. Pero en esta noche de bar a media luz, ciertamente lo único real es lo que puedo ver sin abrir los ojos, ¿me explico?, eso que llevás por dentro y que no sabés esconder. Yo tampoco sé esconder, si este cielo estrellado de tímidos destellos me ilumina un poco sabrá que soy simple por un momento, sin pretensiones, olvidando las disertaciones esquematizadas, como un susurro leve, que vuela en expectativa errante a través de un espacio sin oídos, en una lírica que no se escuchó jamás.