
Tarde de inicios de invierno en este súbito sofá, pináculo de mi lluvia en su cámara lenta, desde donde veo la confusión abstracta de gotas y hojas, romántica simbiosis para su húmeda atmósfera. Abajo la tierra, su olor; podrían enterrarme en invierno y mi muerte estaría perfumada de verdor póstumo, en gentil epitafio de raíces y retorno. Alterno la mirada entre la nada y el rocío que vomitan las nubes, en una especie de trance del que no me apetece salir; hay momentos para hipersentir, y este es uno de ellos. La música hoy se vuelve cadenciosa, es una sinfonía que llueve sobre láminas, sobre vegetación, que me hace recordar. Quizá acaricio una soledad que lastima, como la mejor de las melancolías, en mi invernal apología a la feminidad ausente. Abrazo al vacío mientras despierto de alguna alucinación, los recuerdos me dicen que todo ciclo debe renovarse, pero las reinvenciones son caros regalos que no siempre podemos comprar, y aquí lo único que se repite es el agua, al tiempo que yo salpico un suspiro. Al fondo escucho un trueno, luego que el cielo fotografió la estampa. Se ha alterado el orden de espacios y formas en su predecible secuencia, de pronto el hoy no es hoy, es un mañana onírico o un ayer fantasma, en el que hay voces al oído que susurran, besos de porcelana que rozan mi piel, caricias marchitas de mi cruel desilusión. Llovizna apenas, pierdo la vista en mis horizontes, materializo mi charco.